Diminuta casa en un árbol

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Casa en arbol
Geoff de Ruiter quería una casa pequeña, un estilo de vida sostenible y pasar sus días en un entorno natural. Con estas condiciones bien claras, buscó durante años hasta que encontró el lugar perfecto en un bosque de cedros y abetos centenarios, y gastó en él 35.000 dólares. Luego, para construir la casa, invirtió poco más de una cuarta parte y ahora vive contento y feliz en una casa en un árbol, ubicada en la isla de Pender, en la Columbia Británica.

En efecto, una vez tuvo su terreno, bastaron 8.000 dólares para completar su sueño, es decir, un total de 43.000 dólares: vivir en una casa diminuta pero con todo el encanto del mundo. Es una casita en un árbol y, lejos de lo que suelen ser este tipo de construcciones, en este caso no es un refugio de fin de semana, sino una casa, su hogar de lunes a domingo.

Materiales reciclados

Sin embargo, como es fácil de imaginar, el dinero no evitó que tuviera que crear su casa con sus propias manos. Tuvo la ayuda de amigos, y según cuenta fue toda una aventura, repleta de desafíos que hubo de ir solucionando.

Su gran logro, haber conseguido subir a un árbol una casa convencional de madera. Para ello, se documentó y finalmente optó por cruzar las características de las casas en los árboles con distintas soluciones de espacio de las pequeñas casas. El resultado, esta casa, que ha bautizado con el nombre de Raven Loft, por los muchos pájaros que hay en la zona.

Lo más difícil para realizarla, además de conseguir materiales reciclados para su construcción, explica, fue subir la estructura allí arriba, y conseguir que fuese estable y segura.

Para fabricar las escaleras, por ejemplo, contó con la colaboración de Habitat For Humanity, una organización sin ánimo de lucro que le ayudó a hacerla a partir de troncos encontrados en los alrededores.

Casa arbol
Entre los inconvenientes, por ejemplo, vivir apartado del mundanal ruido tiene un evidente problema de seguridad y, con respecto a las necesidades más básicas, ha de estar recurriendo a las garrafas de agua y se ducha en un centro deportivo que tiene a un cuarto de hora de casa. Pequeñas minucias para él, que compensan las enormes ventajas que conlleva una vida en plena naturaleza.

La sostenibilidad, sin embargo, es el punto fuerte de la vivienda. Su pequeño tamaño permite calentarla fácilmente, tanto que incluso “puedes calentar la casa con cuatro velas de té”, bromea Ruiter.

Ha conseguido suministro eléctrico gracias a un cable de alimentación que le han facilitado unos vecinos, a los que paga unos 20 dólares mensuales, con el que alimenta una mini nevera y dos bombillas de 100 vatios.

Lo mejor de la casa no está en la casa…

¿Pero, qué es lo mejor de esta casa? Por un lado, Ruiter señala que es una alternativa interesante frente a la costosa vida urbana. Como idea, además de ser una opción maravillosa frente a los típicos bungalows o tiendas de campaña, si disponemos de un terreno, por pequeño que sea, es posible construir una casita en el árbol que sea algo más que un refugio de adolescentes.

Únicamente nos faltaría el permiso municipal, es decir, que las leyes lo permitiesen. “Creo que tiene que ser legitimado por municipios y ciudades”, demanda Ruiter.

Además, el joven, universitario que estudia a distancia, destaca que la principal ventaja de este tipo de casitas es el entorno. Por un lado, el continuo piar de los pájaros es una delicia que no puede compararse con nada, afirma.

Por otro, al ser tan pequeña la casa, no hay otro remedio que salir a disfrutar de la naturaleza, a compartir vida con los demás. “Cuando se vive en un minúsculo espacio que realmente tienen que vivir fuera de ella más. Creo que es genial porque eso significa que la gente va a reunirse”.

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