Disruptores endocrinos, niños menos inteligentes

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Los problemas de salud provocados por los “endocrine disruptor chemical” (EDC) o disruptores endocrinos (bisfenol A o BPA, phalatos, percloratos, pesticidas, etc.) también afectan al desarrollo cerebral, según concluyen dos nuevos estudios.

De igual manera que ocurre en otras muchas enfermedades y desórdenes con los que se han asociado estas moléculas químicas, lo hacen de un modo indirecto, como consecuencia del desequilibrio que provocan en el sistema hormonal, clave en el desarrollo de los tejidos cerebrales.

Dos recientes estudios

Un estudio (goo.gl/jqOJV7) y un informe (goo.gl/HNelyz) publicados esta semana analizan sus efectos sobre el crecimiento del cerebro y sus concusiones no son tranquilizadoras, precisamente.

La primera, publicada en la revista Scientific Reports, se llevó a cabo por un equipo de investigadores del laboratorio de la evolución de la regulación endocrina perteneciente al Museo Nacional de Historia Natural-CNRS, concluye que los disruptores tienen efectos nocivos sobre el desarrollo del cerebro.

En concreto, estudiaron una mezcla de 15 sustancias hormonas tiroideas, así como la expresión de varios genes implicados en la construcción cerebro.

Se observó una reducción del volumen de las neuronas, así como una disminución de movilidad en los renacuajos, unos hallazgos que sugieren que “las mezclas de estos productos químicos, ubicuo, podrían tener efectos negativos sobre el desarrollo fetal humano.”

El segundo estudio fue escrito por varios expertos para la ONG británica CHEM Trust, concluyendo que puesto que el cerebro es tremendamente sensible a los productos químicos tóxicos durante su formación, la alteración de las hormonas tiroideas puede comportar riesgos importantes.

El estudio cita un riesgo significativo de un Coeficiente Intelectual reducido o la aparición de los trastornos del espectro autista o TEA. En concreto, se pone el énfasis en los riesgos de sufrir una merma en la capacidad motora y la concentración cuando la exposición se produce después del nacimiento.

Como es bien sabido, los disruptores endocrinos son omnipresentes, razón por la que esta familia de moléculas químicas suponen un riesgo cotidiano invisible. Los encontramos en los alimentos, en los productos de cuidado personal y cosmética, en los limpiadores domésticos, en la ropa y en un sinfín de materiales.

Su peligrosidad potencial está siendo estudiada y de hecho son numerosos los estudios que nos alertan de ella, si bien las normativas todavía no han respondido, salvo algunas excepciones.


Lo cierto es que por mucho que avanza la ciencia, se precisan muchos más estudios para avanzar de modo eficaz de cara a lograr una legislación mucho más restrictiva. En otras palabras, la ciencia todavía tiene un largo camino a la hora de demostrar una relación causal tanto en lo relativo a disruptores aislados como en lo que respecta a las consecuencias de sus mezclas, a modo de cóctel.

Para ello, se precisa sobre todo dinero. Sin apoyo económico, como es bien sabido, es complicado, si no imposible llevar a cabo las investigaciones necesarias. Una falta de dinero que obedece, fundamentalmente, a los intereses creados.

Lo cual no quiere decir que actualmente la ciencia no haya demostrado nada. Además de los recientes estudios mencionados, los disruptores endocrinos se han asociado a numerosos trastornos y patologías, como el autismo, el cáncer, malformaciones, la pubertad precoz en las niñas, infertilidad o hiperactividad.

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